Tengo la suerte de tener en casa dos puntas de flechas talladas por mi amigo José María Gómez Sánchez. Una de ellas, además, la hizo una tarde que habíamos quedado con él para que nos enseñara las pinturas rupestres de la Sierra de Santa Catalina. Mientras caminábamos, José María nos iba contando las propiedades de las plantas que encontrábamos a ambos lados del sendero. A su vez iba tallando un trozo de cristal. Después, sentado bajo un panel de pinturas esquemáticas, le insertó una caña, le untó un pegamento natural fabricado por el mismo y le ató una fina cuerda. Finalmente me lo regaló. Toma es para ti, me dijo.
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