En Trujillo siempre hay un nuevo callejón que recorrer, que a veces te conduce extramuros para poder contemplar como se oculta el sol entre negras y rojizas nubes que descargan sobre el berrocal. Y abandonas casi sin querer la población y recorres una calleja entre muretes a cuyos pies crecen las amapolas, ofreciéndote imágenes del recinto amurallado que los turistas nunca podrán llegar a ver.
Finalmente te pierdes por el dédalo de calles, entre los altos muros de conventos y casas fuertes, y regresas al Trujillo "conocido", sorprendido de nuevo de tener a solo cuarenta minutos de casa, semejante espectáculo de torreones, murallas y espadañas.
Más tarde, en la Plaza Mayor, una buena cerveza helada, claro.
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