Ya se iba ocultando el sol, -coloreando de naranja el cielo, las paredes y los tejados de las casas-, y empezábamos a sentir la bajada de temperaturas propia de los ocasos del mes de enero. Pero todavía nos quedaba la guinda final a un bonito día, en compañía de grandes especialistas y aficionados al Arte Rupestre en particular y a la Historia en general, de modo que, tras superar una pronunciada pendiente y guiados por mano experta, nos encaramamos en un pequeño abrigo.
Situado casi a tiro de piedra del casco urbano de Hornachos, el lugar resultó perfecto para admirar la inmensa llanura de Tierra de Barros y las azules y lejanas sierras, las antiguas huertas moriscas, la iglesia mudéjar y el caserío blanco que se extendía bajo nosotros, pero también para emocionarnos de nuevo ante los símbolos que nos dejaron hace unos cuantos miles de años los pobladores de aquella sierra.
Después, ya casi de noche, llegó el momento de la despedida, y volvimos a casa, guardando cada uno para sí, esos instantes que se quedan por largo tiempo.

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