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miércoles, 29 de abril de 2026

trujillo, otra vez.




En Trujillo siempre hay un nuevo callejón que recorrer, que a veces te conduce extramuros para poder contemplar como se oculta el sol entre negras y rojizas nubes que descargan sobre el berrocal. Y abandonas casi sin querer la población y recorres una calleja entre muretes a cuyos pies crecen las amapolas, ofreciéndote imágenes del recinto amurallado que los turistas nunca podrán llegar a ver. 


Finalmente te pierdes por el dédalo de calles, entre los altos muros de conventos y casas fuertes, y regresas al Trujillo "conocido", sorprendido de nuevo de tener a solo cuarenta minutos de casa, semejante espectáculo de torreones, murallas y espadañas. 

Más tarde, en la Plaza Mayor, una buena cerveza helada, claro. 



sábado, 28 de marzo de 2026

pajaros de barro y casitas blancas



Igual que Manolo García hace pájaros de barro y los echa a volar, yo pinto al oleo casitas blancas en el campo y torres vigías nazaríes. No es lo mismo, pero me lo paso muy bien y me relajo. Y de esta manera vuelo sobre esos campos silenciosos y fértiles. 





sábado, 7 de febrero de 2026

sierra y campiña de cádiz

Grazalema. 

Zahara de la Sierra.

Arcos de la Frontera.

Olvera. 

Villaluenga del Rosario.

Espera. 

Villamartín. 

Setenil de las Bodegas.


La Sierra de Cádiz, toda la provincia en realidad, (donde nacieron mis padres, y a la que siempre llevo dentro y más en estos días de interminables y copiosas borrascas), es un lugar que hay que conocer sí o sí, lleno de contrastes y belleza, con singularidades casi imposibles de enumerar.

Pero empecemos por mencionar sus torres vigías nazaríes, celosas guardianas de la Frontera y de los pueblos blancos, arquitectura moruna colgada de forma inverosímil de las faldas de la sierra y deslumbrantes fachadas de cal. Y a su alrededor, bellísimos parajes, a veces consistentes en duros farallones de piedra blanqueada por el sol y en otras ocasiones, en recónditos bosques de alcornoques y pinsapos, a los que solo es posible llegar por medio de carreteras sinuosas, que se entrecruzan con profundas gargantas, calzadas romanas y caminos de herradura. En las alturas, ganado caprino entre roquedos, mientras que en los valles se alternan cereales, vides y olivos, causantes de la gastronomía propia y viva que nos pone en la mesa, rico pan, mejor aceite y quesos inmejorables, contundentes potajes de garbanzos y exquisitos guisos de espárragos y tagarninas, así como dulces, heredados de siglos de presencia islámica.


Pero sin duda, lo mejor, su gente, gente sencilla, trabajadora y amable, hasta cierto punto, claro. La estancia de los franceses durante la Guerra de la Independencia no gustó mucho entre los habitantes de pueblos y cortijos de la sierra y así se lo hicieron saber, siendo aquello el principio del fin de aquella ignominiosa invasión. 

Allí, donde más llueve de la península, nace el Guadalete, que luego discurre, entre infinitos campos de trigo y girasol, por las fértiles vegas que él mismo creó pacientemente durante miles y miles de años hasta desaguar en el Océano Atlántico, en el litoral donde los fenicios instalaron sus colonias, fundiéndose con los pobladores de interior hasta dar lugar a un reino de leyenda.




Dolmen de Alberite. Villamartín. 

Calzada romana. Benaocaz. 

Ciudad romana de Ocuri. Ubrique.

Prado del Rey y la Sierra desde el Castillo de Matrera. 

Torre Pajarete. Castillo de Matrera. 

Salto del Cabrero. Benaocaz. 

Embalse de Zahara-El Gastor. 

Campiña y Sierra de Cádiz. 

jueves, 22 de enero de 2026

abrigo valentina. hornachos. badajoz.


Ya se iba ocultando el sol, -coloreando de naranja el cielo, las paredes y los tejados de las casas-, y empezábamos a sentir la bajada de temperaturas propia de los ocasos del mes de enero. Pero todavía nos quedaba la guinda final a un bonito día, en compañía de grandes especialistas y aficionados al Arte Rupestre en particular y a la Historia en general, de modo que, tras superar una pronunciada pendiente y  guiados por mano experta, nos encaramamos en un pequeño abrigo. 

Situado casi a tiro de piedra del casco urbano de Hornachos, el lugar resultó perfecto para admirar la inmensa llanura de Tierra de Barros y las azules y lejanas sierras, las antiguas huertas moriscas, la iglesia mudéjar y el caserío blanco que se extendía bajo nosotros, pero también para emocionarnos de nuevo ante los símbolos que nos dejaron hace unos cuantos miles de años los pobladores de aquella sierra. 

Después, ya casi de noche, llegó el momento de la despedida, y volvimos a casa, guardando cada uno para sí, esos instantes que se quedan por largo tiempo.